jueves, 5 de enero de 2017

El (no) lugar del arte





 Por fin pude ver La piedra oscura de Alberto Conejero, dirigida por Pablo Messiez y con una excelente interpretación de Daniel Grao y Nacho Sánchez. El texto, que recrea el personaje de Rafael Rodríguez Rapún, el último amor de Lorca, plantea, entre otros temas, la necesidad ineludible de preservar la creación artística, de salvar la palabra de la barbarie. Como los hombres-libro de Fahrenheit 451 de Bradbury, late en la obra un deber ético asociado a la transmisión de la cultura, por más que en La piedra oscura ese convencimiento nazca de un vínculo muy concreto, de una historia de amor que da sentido al relato de una vida. Como si la palabra, que nace en una época, en un territorio concreto, tuviera que viajar para encontrar esa época, ese país, que, como un eco utópico, se dibuja entre sus líneas.


 En un tono muy distinto, entre el esperpento y la comedia negra, una reciente película argentina, El ciudadano ilustre, nos muestra no solo las tensiones entre la literatura y una sociedad proviciana (¿cuál no lo es?), sino también el carácter paradójico del espacio de la escritura. El autor, premiado con el Nobel, que vuelve al pueblo del que huyó (con razón) hace años, se ve forzado a recordar por qué quiso escapar de allí y por qué, por otra parte, su literatura siempre retorna al mismo punto. Decía Valente que el tiempo de la escritura no es el tiempo de la Historia. Tampoco el lugar de la escritura es el lugar del que escribe. Escribimos en un tiempo y en un lugar (el arte es también un producto histórico), pero esa relación con el espacio y la temporalidad dista mucho de ser simple. Escribimos, en gran medida, para abrir otro tiempo dentro del tiempo, otro espacio en nuestro espacio.