miércoles, 19 de abril de 2017

Apuntes para una (anti)poética



Lucio Fontana


Escribía mejor desde que renunció a la idea del poema perfecto.

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El estilo como cárcel. La voz propia (si es que algo así existe) es siempre la conquista de una cierta impersonalidad. Nunca como meta, sino acaso como precario punto de partida.

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La palabra justa: la palabra injusta. Injusta con la multiplicidad de lo real. Con su sed de metamorfosis.

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Del Simbolismo heredamos un empeño tan fecundo como imposible: una matemática de lo difuso, una suerte de precisa imprecisión.

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Tan poca distancia entre ser y estar. De ahí el vértigo.

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Escucha, humildad, silencio. Solo eso pide la obra de arte. Tan poco y, sin embargo, qué difícil resulta hoy encontrar estos tres dones juntos. Tal vez por ello son cada día más los que afirman que no entienden la poesía. En realidad, no escuchan.

jueves, 13 de abril de 2017

Otro y el mismo Crespo





Otro y el mismo Crespo

Ángel Crespo, La voluntad de perdurar. Poemas 1949-1964 (edición de Jordi Doce). Badajoz, Fundación Ortega Muñoz, 2016.

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ

 En 2015 aparecía, en edición de Esther Ramón, Poemas últimos, libro que recogía el tramo final de la obra de Ángel Crespo, los poemarios Ocupación del fuego e Iniciación a la sombra. Es, desde luego, una buena noticia que dos de las voces más interesantes del actual panorama español, como son la citada autora y Jordi Doce, hayan vuelto los ojos a una figura que, pese a su importancia, no acaba nunca de encontrar un definitivo acomodo en las siempre discutibles listas que conforman nuestro canon literario. La primera lectura, con todo, de ambos volúmenes podría hacernos creer que estamos ante estéticas muy distintas, casi ante dos poetas diferentes, como si entre el primer Crespo y el último se hubiese dado una evolución radical. Los poemas recogidos en La voluntad de perdurar nos muestran a un poeta enamorado de las presencias concretas de las cosas, incluso de sus nombres (como luego destacaré), un poeta con cierto aire ruralista (que recuerda vagamente a autores del momento como Claudio Rodríguez o el casi olvidado Eladio Cabañero), en el que no faltan los ecos de la poesía social. Por el contrario, los poemas últimos parecen haber disuelto, con la proximidad de la muerte, todo lazo con el mundo visible. Fuego y sombra se convierten así en símbolos rectores de un continuado despojarse, en el que todas las formas que fascinaban al joven Crespo parecen desdibujarse ante los ojos del poeta maduro, que mira ya desde la otra ribera. Se podría decir que aquí se traza un camino desde el realismo al simbolismo más extremo si no fuera porque en seguida percibimos lo tramposo de tales clasificaciones. El último Crespo no niega lo real, sino que, por el contrario, persigue ampliar la percepción de lo que comúnmente llamamos realidad. Asimismo, los animales, las plantas, las figuras humanas de los primeros poemas no pueden negar su evidente carga simbólica, si es que no escoran hacia el terreno de la alegoría, como señala con acierto Jordi Doce en su prólogo, lo que no sorprende en un poeta fascinado por la cultura medieval.
  Pese al contraste entre esos dos tramos, inicial y final, de la trayectoria poética de Crespo, es posible rastrear una unidad, el impulso de una misma búsqueda, que se cifra tal vez en la voluntad de perdurar que da título a esta antología, que es asimismo voluntad de sentido, de iluminación ante una realidad esquiva. La imaginación (una palabra que Doce se encarga de recalcar en su lúcido prólogo y que es un concepto clave de la poética crespiana) no está reñida con la contemplación: se diría que el autor de Una lengua emerge es capaz de mirar y soñar a la vez, de soñar con los ojos bien abiertos. Así escribe el antólogo: “La percepción se alimenta del mundo para rehacerlo imaginativamente; el mundo se ofrece a la percepción para reconocerse y tomar conciencia de sí”. Hay, así, un camino de ida y vuelta entre el yo y el mundo, mundo humanizado a través de la pupila del poeta, que no puede ignorar, sin embargo, la alteridad radical de lo no humano, aquello que probablemente ninguna civilización logrará domar, aunque, lamentablemente, sí podemos destruir. De “hilozoísmo” habla Jordi Doce para explicar esa convicción de que la naturaleza esconde un impulso unitario, el germen creador de una materia activa de la que emergen todas las formas y al que volverán todas (de ahí el fuego, la sombra que, en los poemas últimos, son preludio de esa última noche, del centro custodiado de un misterio). Una naturaleza en continua metamorfosis, por tanto, que vuelve a conectar el primer y el último Crespo: si aquí están ausentes las lecturas alquímicas que serán tan importantes en el mundo simbólico del escritor, no falta, sin embargo, la convicción, compartida por la alquimia, de que el mundo no está terminado, de que hay fuerzas en continua ebullición, y una de ellas, y no la menos importante, la imaginación creadora que devuelve la mirada a las cosas que nos rodean: “Todas las cosas tienen/ ojos para mirarnos,/ lengua para decirnos,/ dientes para mordernos./ Vamos andando igual que si nadie nos viese,/ pero las cosas nos están mirando”.
  El poeta siente, como un nuevo Anteo, la necesidad de entrar en contacto con la tierra, de responder con gratitud a los dones del mundo: “Del pan que no he comido me arrepiento:/ del que había en las manos abiertas de la tarde”. Esa hambre de realidad es también un hambre de nombres, del nombre exacto de las cosas, pero no al modo esencialista de Juan Ramón. Los nombres que se anhelan son vocablos precisos, que den fe de lo uno y lo diverso, como la enumeración que encontramos en “Jardín botánico”: “El fresno y la catalpa,/ de perpendiculares/ y alienadas semillas,/ la jeringuilla, con sus hojas/ finamente cortadas;/ con el arce negundo,/ el libocedro, el arce abigarrado,/ el tilo, la maclura, el comedido/ árbol de los escudos,/ el gris almez, el lodoñero […]”. Como dijera Steven White en relación al nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, de lo que se trata en cierto modo es de preservar esa “biodiversidad lingüística” que el mundo urbano estaba haciendo desaparecer ya a marchas forzadas en el momento en que se escriben estos poemas (y que se trata de un proceso que parece casi irreversible en nuestros días).
 Para evitar confusiones, conviene destacar que no hay rastro aquí de bucolismo ni de locus amoenus. Nos encontramos con una naturaleza solo aparentemente domesticada, como nos muestra uno de los mejores poemas de la antología, “El lobo”, en el que también se evidencia que esa animalidad amenazante late también, como un deseo, en el corazón humano: “aquel aullido y miedo deseados/ que me robaba el lobo”. Y es que tampoco se trata de una naturaleza falsamente virgen, pues la huella de los hombres y mujeres que pisaron el suelo y que ahora yacen bajo esa misma tierra resulta imposible de borrar, como leemos en el primer poema del libro, “Junio feliz”, que se inicia con versos reveladores (“Junio feliz/ entre los vivos y los muertos”) y que concluye así: “Junio, dispuesto ahora por este hombre ya muerto y su caballo/ y por esta mujer,/ que atraviesa mi lengua con la aguja/ de sujetarse el pelo”. Esa pulsión de Anteo ya citada no es ajena por tanto a una labor de duelo, de memoria, que une a los que vendrán y a los que fueron y que deja entrever un imperativo ético de justicia social: “El pan moreno sabe a tierra negra/ bajo la cual hay muertos, sumergidos”.
  Jordi Doce no oculta en su prólogo un cierto empeño reivindicativo en recuperar un Crespo de cuerpo entero. Doce, con buen criterio, se niega a ver en esta primera etapa solo una suerte de prehistoria, unos tanteos primerizos que el Crespo maduro habría dejado atrás. Por el contrario, la selección que aquí encontramos nos muestra a un poeta que no solo preludia buena parte de las obsesiones que se harán más visibles en su escritura posterior, sino que es ya un escritor muy consciente de la capacidad iluminadora de las palabras, de la necesidad de dialogar con el misterio del mundo. Esta antología nos ayuda a comprender mejor la búsqueda crespiana sin renunciar a unos comienzos menos titubeantes de lo que parecería en una primera lectura. “Perseguir este pájaro es difícil”, leemos en “La tarde: el pájaro”, y, en efecto, esa búsqueda nace con la conciencia de lo difícil, de una exigencia que es también esa “voluntad de lo frágil/ frente a la tozudez hermosa de lo duro”.  Exigencia que, de nuevo, une con un hilo común estos poemas primeros y los últimos. 

(Reseña aparecida en el número 121-122 de la revista Turia, marzo-mayo de 2017, págs. 456-458)

viernes, 7 de abril de 2017

Cine y aulas


  Junto con otros profesores, estoy trabajando con mis alumnos adolescentes algunos textos de Usos amorosos de la postguerra española de Carmen Martín Gaite (con la idea también de que entrevisten a sus abuelos sobre sus recuerdos de juventud). La semana pasada se me ocurrió llevar a clase algunos fragmentos de El pisito de Marco Ferreri y de El verdugo de Luis García Berlanga. No me sorprendió comprobar que ninguno tenía la más remota idea de la existencia de dichas películas. ¿Cómo las iban a conocer? ¿En una televisión en la que parece que el número de canales disponibles es inversamente proporcional a la diversidad y calidad de sus contenidos? ¿En sus casas, con sus familias, cuando buena parte de los españoles adultos desconoce casi por completo la historia de nuestro cine? ¿En las aulas, donde no hay una asignatura específica en la que se trabaje la creación cinematográfica y su historia y en las que la educación artística ha quedado reducida, gracias a las últimas reformas educativas, a su mínima expresión?
 Que nadie me diga que en Internet está todo (lo que no es verdad). Nadie busca en Internet lo que no sabe que existe. Nos movemos entre tópicos absurdos como el de los supuestos "nativos digitales", quienes muchas veces no saben discriminar el valor real de una información en la red. Así, hemos dado por sentado que las generaciones actuales beben, sin intermediarios, de una cultura audiovisual, en la que se supone que se mueven como pez en el agua. El problema está en a qué llamamos cultura audiovisual. La falta de una educación de la mirada (y del oído, pero ese es otro cantar) ha hecho que muchos jóvenes sientan profundamente extraña la gramática no ya de un Tarkovky, un Antonioni, un Ozu o un Godard, sino también la de Chaplin, Hitchcock, John Ford o García Berlanga. 
 Uno está harto de oír hablar de la muerte de la poesía, de la novela, del teatro. Pudiera ser que el cine, ese arte tan joven y que tan pronto se hizo adulto, comenzara a mostrar los síntomas de una especie de infantilismo senil. No falta quien afirma que el cine, que nació como un espectáculo de feria, está retrocediendo, de la mano de los efectos especiales y del diseño por ordenador, hasta sus primeros balbuceos (eso sí, sin la gracia y la frescura de un Méliès). Ninguna manifestación artística parece haber recorrido tan rápido, y con tanta urgencia, las fases de nacimiento, juventud y vejez (si es que la analogía con las edades del ser humano es realmente válida en este caso). Por supuesto, hoy se siguen haciendo películas de calidad (con o sin alardes tecnológicos), películas inteligentes que amplían nuestro horizonte, esto es, que hacen mundo (no es otra la labor de todo arte). La cuestión es si estamos educando a los jóvenes para acceder a estas películas. ¿Les estamos dando herramientas para hacer suyo ese cine? Yo creo que no.